18

Capítulo 18
—Katy, estás muy callada hoy. ¿Te pasa algo?
Me estremecí. Ojalá mi madre no me conociera tan bien.
—Estoy un poco cansada. —Forcé una sonrisa para tranquilizarla.
—¿Seguro?
La culpa me carcomía por dentro. Apenas pasaba tiempo con mi madre, y
me dolía tener la cabeza en otra parte.
—Lo siento, mamá, creo que hoy estoy un poco out.
Se puso a lavar los platos de la cena.
—¿Qué tal va todo con Daemon y Dee?
Había conseguido que no habláramos de ellos en todo el día.
—Bien, bien. Creo que luego iré a ver una peli con ellos.
Sonrió.
—¿Con los dos?
Entrecerré los ojos.
—Mamá, por favor.
—Cielo, soy tu madre. Tengo derecho a preguntar.
—Pues no sé si iré con los dos; era una idea, nada más. —Cogí una manzana
del frutero y le di un mordisco—. ¿Qué vas a hacer esta tarde, mamá?
Intentó hacerse la indiferente.
—He quedado para tomar un café con el señor Michaels.
—¿Y quién es el señor Michaels? —pregunté entre mordisco y mordisco—.
Ah, un momento… ¿Es ese doctor tan guapo del hospital?
—Sí, el mismo.
—¿Es una cita? —Me apoyé en la encimera y sonreí—. ¡Esa mamá!
Mi madre se puso colorada. Mi madre, la mujer de hielo.
—Vamos a tomar un café y nada más.
Eso explicaba por qué se había pasado la mañana eligiendo qué vestido
ponerse, hasta el extremo de hacerme escoger dos de los más bonitos.
—Bueno, pues espero que te lo pases muy bien en tu no cita; aunque a mí me
sigue pareciendo que sí lo es.
Sonrió y se puso a hablar de los planes que tenía para la tarde y de un
paciente que tuvo el día anterior. Antes de que se marchara para prepararse, me
trajo un par de vestidos de su armario.
—Bueno, si sales esta noche, ¿por qué no te pones uno de estos? Te quedan
muy bien. Yo soy demasiado mayor para ponérmelos.
Arrugué la nariz.
—Mamá, no soy yo la que tiene una cita hoy.
—Yo tampoco —se burló.
—¡Lo que tú digas! —exclamé mientras subía las escaleras.
No tardó casi nada en arreglarse y marcharse. Como se suponía que no era
una cita, había quedado con él en una cafetería del centro. Deseé que se lo
pasara bien: se lo merecía. Desde lo de papá, creo que no había vuelto a fijarse
en nadie. Lo que quería decir que el señor Michaels debía ser especial.
Dee había comentado que nos viéramos aquella noche, pero no habíamos
quedado en nada en firme. Sabía que Daemon me vigilaba constantemente desde
la puerta de al lado, pero no le había dejado que estuviera merodeando por casa.
Me habían dicho que los Arum eran más fuertes de noche, y que entonces
atacaban, de modo que me sentía bastante segura durante el día. Por eso quise
pasar un día tranquilo, leyendo y actualizando el blog y haciéndole compañía a
mamá.
Pero era muy raro seguir con tu vida normal después de que te revelaran un
secreto así. Sentí que su obligación era estar ahí fuera evitando accidentes,
acabando con la hambruna o salvando a gatitos que se habían quedado atrapados
en los árboles.
Tiré el corazón de la manzana a la basura y me puse a juguetear con el anillo
que llevaba en el dedo mientras miraba los vestidos que descansaban sobre la
mesa. No pensaba ponérmelos para ir a ninguna cita.
Alguien llamó a la puerta y me sacó de mi ensimismamiento. Abrí y ahí
estaba Daemon, con sus vaqueros y una camiseta blanca que se le ajustaba al
cuerpo. Estaba espectacular. Su presencia me ponía nerviosa. Y mucho más
cuando encima se quedaba mirándome fijamente de aquella manera, con esos
ojos verdes como el jade que me consumían por dentro.
—¿Hola? —le dije.
Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Era imposible saber de qué
humor estaba.
Ay, madre.
—Esto… ¿quieres pasar?
Negó con la cabeza.
—No, se me ha ocurrido que quizá podemos quedar y hacer algo.
—¿Algo?
Me miró, divertido.
—Sí, siempre que no tengas que escribir la reseña de algún libro o trasplantar
algún matorral, claro.
—Ja, ja, ja. Me parto. —Empecé a cerrarle la puerta en las narices.
Puso una mano en el marco de la puerta para evitarlo sin tocarla.
—Vale, déjame que vuelva a intentarlo. ¿Te apetece que hagamos algo?
La verdad era que no, pero sentía cierta curiosidad. Y una parte de mí
empezaba a comprender por qué Daemon siempre era tan distante. Quizá era
posible quedar sin que acabáramos matándonos.
—¿En qué habías pensado?
—Vamos al lago.
—Esta vez, miraré a los lados antes de cruzar la carretera. —Lo seguí y
esquivé su mirada. El comentario parecía haberle hecho gracia. Metí las manos
en los bolsillos de los pantalones cortos y decidí no andarme con rodeos—. No
me habrás invitado a dar una vuelta por el bosque porque crees que tu secreto no
está a salvo conmigo, ¿no?
A Daemon le dio un ataque de risa.
—Está totalmente paranoica.
—Ya, claro, paranoica… Me lo dice un alienígena que puede hacer que yo
salga volando por los aires sin tocarme —me burlé.
—¿Has tenido algún ataque de pánico o algo así? —me preguntó.
—No, Daemon, pero gracias por preocuparte por mi salud mental.
—Oy e —dijo mientras extendía las manos—, sólo quiero asegurarme de que
no pierdes los nervios y le cuentas a todo el pueblo lo que somos.
—Creo que hay varios motivos por los que eso no debería preocuparte —le
contesté, bastante seca.
Daemon me miró con cara de pocos amigos.
—¿Sabes de cuánta gente hemos estado cerca? Realmente cerca, quiero
decir…
Puse una cara rara. No era difícil imaginar a lo que se refería. Y no me
gustaba lo que me venía a la mente.
Se rió con una voz profunda y ronca.
—Y va una mocosa y nos descubre… ¿No ves lo difícil que es para mí…
confiar en alguien?
—No soy ninguna mocosa, pero, si pudiera viajar en el tiempo, te aseguro
que lo último que haría sería ponerme delante de aquel camión.
—Es bueno saberlo —respondió.
—No me arrepiento de haber descubierto la verdad. Explica muchas cosas.
Oy e… ¿podéis viajar en el tiempo? —le pregunté completamente en serio. No
había pensado en esa posibilidad, pero en aquel momento me surgió la duda.
Daemon suspiró y negó con la cabeza.
—Podemos manipular el tiempo, sí. Pero no solemos hacerlo, y además sólo
podemos modificarlo hacia delante. Jamás he sabido de nadie que haya podido
alterar el pasado.
Casi se me salen los ojos de las cuencas.
—Dios mío, supermán a vuestro lado se queda en nada.
Sonrió mientras agachaba la cabeza para evitar una rama.
—Bueno, pero no creas que voy a decirte cuál es nuestra kryptonita.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirí después de llevar un rato
caminando por el sendero cubierto de hojarasca. Asintió y respiré hondo—. La
tal Bethany que desapareció… estaba con Dawson, ¿verdad?
Me miró de refilón con una expresión dura.
—Sí.
—¿Ella también averiguó quienes erais?
Pasaron unos segundos.
—Sí.
Lo miré. Su expresión era inescrutable y no apartaba la vista del frente.
—¿Y por eso desapareció?
Otro lapso de silencio.
—Sí.
Vale. Sólo iba a responderme con monosílabos. Pues qué bien.
—¿Se lo dijo a alguien? Quiero decir que… ¿por qué desapareció?
Daemon suspiró hondo.
—Es complicado, Kat.
« Complicado» podía significar muchas cosas.
—¿Está… muerta?
No me respondió.
Me detuve para quitarme una piedrecilla de la sandalia.
—¿No piensas decírmelo?
Me sonrió con una tranquilidad que me puso de los nervios.
—¿Por qué querías venir aquí? —Agité la sandalia y volví a ponérmela—. ¿Te
lo pasas bien dándome evasivas o qué?
—La verdad es que me divierte ver que se te ponen las mejillas rojas de la
frustración.
Le lancé una mirada de odio.
Daemon sonrió, socarrón, y reanudó el paso. No nos dijimos nada hasta que
llegamos al lago. Se acercó a la orilla y me buscó con la mirada. Me había
parado unos pasos más atrás.
—Pensé que, además de hacerme esa pregunta tan rara que me has hecho
antes, tendrías más cosas que preguntarme.
Que a Daemon le gustara cabrearme era de locos. Y todavía era más de
locos que a mí me encantara enfadarle.
—Sí las tengo.
—Te contestaré a algunas preguntas, y a otras no. —Daemon se quedó en
silencio, pensativo—. Te aconsejo que aproveches la ocasión para preguntarme
todo lo que se te haya pasado por la cabeza, porque así no tendremos que volver
a hablar del tema. Pero tendrás que hacer algo a cambio para que yo te
responda.
Ya; nunca volveremos a comentar que es un extraterrestre, ¿no? Que risa,
María Luisa.
—Vale. ¿Qué tengo que hacer?
—Reúnete conmigo en esa roca. —Se volvió hacia el lago y se quitó los
zapatos.
—¿Qué? ¡No llevo bañador!
—¿Y qué? —Se dio la vuelta, sonriente—. Puedes quitártelo casi todo y…
—Ni en sueños. —Me crucé de brazos.
—Ya me lo imaginaba —me contestó—. ¿Te has bañado vestida alguna vez?
Pues claro. ¿Y quién no? Pero no hacía calor.
—¿Por qué tengo que meterme en el agua para poder preguntarte cosas?
Daemon me miró un instante antes de bajar sus gruesas y oscuras pestañas.
—No lo hago por ti, sino por mí. Me parece lo normal. —El sol le teñía las
mejillas de rosa—. El día que fuimos a nadar…
—¿Sí? —dije, dando un paso adelante.
Me miró y nuestros ojos se encontraron. El verde de los suyos cambió de
tonalidad y lo hizo parecer vulnerable.
—¿Lo pasaste bien?
—Cuando no te portabas como un memo conmigo, y si dejo aparcado el
hecho de que te obligaron a quedar conmigo, sí.
Sonrió y miró al infinito.
—No sé cuanto hacía que no lo pasaba tan bien. Puede que te parezca una
tontería, pero…
—No es ninguna tontería. —El corazón me dio un vuelco: entendí
inmediatamente lo que quería decir. En el fondo, lo único que Daemon deseaba
era ser normal—. Vale, venga, vamos a meternos en el agua un rato.
Daemon se rió.
—Hecho.
Me quité las sandalias y él, la camiseta. Intenté no mirarlo, porque Daemon
había decidido mirarme fijamente por si cambiaba de opinión. Le sonreí y me
acerqué a la orilla para remojarme los dedos.
—¡Madre mía, qué fría está!
Me guiñó un ojo.
—Observa. —Los ojos se le pusieron de aquel verde tan fantasmagórico, todo
el cuerpo comenzó a temblarle y se convirtió en una bola de luz… que surcó el
cielo y se zambulló en el lago, iluminándolo como una piscina de noche. Rodeó
como una bala las rocas del centro del lago. Unas dos veces, en apenas segundos.
Qué fantasma.
—¿Ya estamos con los truquitos marcianos? —le pregunté, muerta de frío.
Se asomó entre las rocas. El agua le caía a borbotones por el pelo. Me ofreció
la mano.
—Venga, que ahora está un poco más calentita.
Apreté con fuerza los dientes, preparándome para entrar en contacto con el
agua helada, pero me sorprendió que la temperatura fuera bastante agradable.
No estaba templada del todo, pero tampoco fría. Me zambullí y me dirigí hacia
las rocas.
—¿Tienes más poderes chulos que confesar?
—Puedo volverme invisible.
Le di la mano y me ayudó a salir del agua. Me senté en la roca, con la ropa
mojada. Me soltó la mano y se echó hacia atrás. Yo tiritaba, y acepté de buen
grado el calor que emanaba de aquella roca, bañada por el sol durante todo el
día.
—¿Cómo puedes hacer cosas sin que y o lo vea?
Se apoy ó sobre los codos. Parecía que el frío no le afectaba.
—Estamos hechos de luz. Podemos manipular los espectros que nos rodean y
utilizarlos. ¿Cómo puedo explicarlo…? Es como si fracturáramos la luz; ¿lo
entiendes?
—La verdad es que no. —Tenía que estar más atenta en clase de Ciencias.
—Me has visto transformarme a mi estado natural, ¿verdad? —Asentí y
siguió hablando—. Vibro hasta que me descompongo en pequeñísimas partículas
de luz. Bueno, pues entonces lo que hago es eliminar a mi antojo la luz. Así nos
volvemos transparentes.
Me llevé las rodillas al pecho.
—Vaya, que pasada, Daemon.
Antes de tumbarse sobre la roca, me sonrió y se le dibujó un hoyuelo en la
mejilla. Se pasó las manos por detrás de la cabeza.
—Sé que tienes más preguntas. Dispara.
Quería preguntarle tantas cosas que no sabía por donde empezar.
—¿Creéis en Dios?
—Parece un tipo bastante guay.
Pestañeé; no sabía si reírme o no.
—¿Tenéis vuestro propio Dios?
—Recuerdo que teníamos algo parecido a una iglesia, pero nada más.
Nuestros may ores no nos hablan de religión —añadió—. Aunque ahora ya no
vemos a ningún mayor, claro.
—¿A qué te refieres con « mayor» ?
—A lo mismo que te referirías tú. A una persona mayor.
Lo miré con cara rara.
Sonrió.
—¿Siguiente pregunta?
—¿Por qué eres tan gilipollas? —Se me escapó antes de que pudiera darme
cuenta.
—Cada uno tiene un talento especial, ¿no?
—Pues, chico, se te da fenomenal.
Me miró con los ojos muy abiertos. Un segundo después los cerró.
—No te caigo nada bien, ¿no?
Dudé.
—No es eso, Daemon. Es difícil… entenderte.
—Tampoco resulta fácil entenderte a ti —me respondió con los ojos cerrados,
bastante relajado—. Has aceptado lo imposible. Te portas bien con mi hermana y
conmigo, aunque haya sido un capullo. Podías haberle contado a todo el mundo
lo que sabes de nosotros, pero no lo has hecho. Y cuando me meto contigo no te
quedas callada —añadió con una risita—. Eso me gusta de ti.
Un momento…
—¿Te caigo bien?
—Siguiente pregunta.
—¿Está permitido que salgáis con humanos?
Se encogió de hombros.
—« Permitir» es una palabra demasiado fuerte, quizá. ¿Es algo que pasa? Sí.
¿Es aconsejable? No. Podemos salir con humanos pero… ¿para qué? Si tenemos
que esconder nuestra verdadera identidad, una relación no puede durar mucho.
—¿Sois como nosotros en determinados… ejem, aspectos?
Daemon arqueó una ceja.
—¿A qué te refieres?
Me puse como un tomate.
—Al sexo, quiero decir… Con eso de que brilláis y tal… No sé cómo debe
funcionar la cosa.
A Daemon se le dibujó en la cara media sonrisa, la única advertencia que me
dio. Se movió a una velocidad increíble y pronto me encontré de espaldas contra
la roca y él, encima de mí.
—¿Me estás preguntando si me atraen las humanas? —dijo. El pelo le caía
hacia delante en hondas. Unas gotitas de agua le recorrían los mechones y
acababan salpicándome la mejilla—. ¿O si eres tú la que me atrae?
Con las manos apoyadas en la roca, fue acercándose a mí lentamente. Muy
pronto nos separaban sólo unos milímetros. Cuando nuestros cuerpos se tocaron,
me quede sin respiración. Él estaba duro en aquellas zonas en las que yo no lo
estaba. Me alteraba estar tan cerca de él; un torbellino de sensaciones se apoderó
de mí y me estremecí; no por el frío, sino por lo agradable que era estar en
contacto con su piel. Sentía su respiración como si fuera la mía, y cuando movió
las caderas abrí los ojos y ahogué un grito.
Vaya que si funcionaba la cosa… Me despejó la duda de un plumazo.
Daemon se apartó y volvió a tumbarse sobre la roca, a mi lado.
—Siguiente pregunta —dijo con voz grave y profunda.
No me moví; me quedé con la mirada fija en el cielo azul.
—Podías haberte limitado a explicármelo, ¿sabes? —Lo miré—. No hacía
falta que lo llevaras a la práctica.
—Si te lo explico pierde la gracia. —Se volvió para mirarme—. ¿Siguiente
pregunta, gatita?
—¿Por qué me llamas así?
—Porque me recuerdas a una gatita peludita que maúlla mucho pero no
araña.
—Ya; bueno, eso no tiene ningún sentido.
Se encogió de hombros.
Hice un esfuerzo por formular alguna preguntar más, porque tenía muchas
dudas, pero me había desconcentrado tanto que y a no podía razonar con claridad.
—¿Crees que hay más Arum por aquí?
Algo se le pasó por la mente, pero fue apenas imperceptible. Ladeo la cabeza
para observarme.
—Siempre están cerca.
—¿Y os buscan?
—Es lo único que les importa. —Volvió a mirar al cielo—. Sin nuestros
poderes son como los humanos, solo que malignos e inmorales. Lo único que
quieren es destruirlo todo.
Tragué saliva.
—¿Has… luchado contra muchos de ellos?
—Sí. —Se apoyó en un costado y con la mano se aguantó la cabeza. Un
mechón de pelo le tapó un ojo—. No sé a cuantos he matado. He perdido la
cuenta. Y teniendo en cuenta lo mucho que brillas ahora mismo, vendrán más.
Me moría de ganas de apartarle aquel mechón.
—Entonces, ¿por qué no dejaste que el camión me atropellara?
Se le marcó un músculo en la barbilla al mirarme.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—¿Me servirá para hacer méritos? —me preguntó con voz suave.
Contuve la respiración, me acerqué a él y le aparté el mechón de la frente.
Mis dedos apenas le rozaron la piel, pero respiró hondo y cerró los ojos. Aparté la
mano, sin saber por qué había hecho aquello.
—Depende de como respondas a la pregunta.
Abrió los ojos. Tenía las pupilas blancas, extremadamente bonitas. Volvió a
estirarse sobre la roca y su brazo quedó justo al lado del mío.
—¿Siguiente pregunta?
Entrelacé los dedos por encima del estómago.
—¿Por qué vuestros poderes dejan rastro?
—Los humanos sois para nosotros como esas camisetas que brillan en la
oscuridad. Cuando usamos nuestros poderes cerca de vosotros, no podéis evitar
absorber nuestra luz. Ese brillo acaba desapareciendo, pero, cuanta más energía
utilicemos, más evidente será el rastro. Cuando Dee difumina el brazo sin querer,
por ejemplo, el rastro que deja es apenas perceptible. En cambio, el incidente del
camión y el del oso sí dejaron un rastro muy visible. Curar a alguien, por
ejemplo, es una acción que requiere mucha energía, y en ese caso el rastro dura
mucho más a pesar de verse muy poco.
» Tendría que haber tenido más cuidado contigo —siguió diciendo—. Asusté
al oso, por ejemplo, con una explosión de luz, que es algo así como un rayo láser.
Y dejó un rastro en ti tan perceptible que hizo que los Arum te encontraran muy
fácilmente.
—¿Estás hablando de la noche en que me atacaron? —balbuceé con voz
ronca.
—Sí. —Se pasó la mano por la cara—. Los Arum no aparecen mucho por
aquí, porque no creen que en esta zona haya ningún Luxen. El cuarzo beta de las
rocas actúa de pantalla y oculta nuestra energía. Por eso muchos hemos acabado
aquí. Pero entonces uno de los Arum merodeaba por la zona. Debió ver tu rastro
y por eso supo que estábamos cerca. Todo fue culpa mía.
—No es culpa tuy a. Tú no me atacaste.
—Pero prácticamente lo conduje a ti —me contestó con la voz tensa.
Por un instante no pude decir nada. Una horrible sensación de impotencia se
me extendió por todo el cuerpo. Sentí que la sangre se me iba de la cabeza con tal
velocidad que me mareé.
De repente, entendí lo que me había dicho aquel hombre: « ¿Dónde están?» .
Estaba buscándolos.
—¿Dónde está? ¿Sigue por aquí? ¿Va a volver? ¿Qué…?
Daemon me cogió de la mano y me la apretó.
—Cálmate, gatita. Te va a dar un infarto.
Observé nuestras manos. Daemon no apartó la suy a.
—No me va a dar ningún infarto.
—¿Seguro?
—Sí. —Puse los ojos en blanco.
—Ese tipo no va a molestarnos más —respondió segundos más tarde.
—¿Lo… mataste?
—Sí, más o menos.
—¿Cómo que « más o menos» ? Que yo sepa no puedes matar « más o
menos» a alguien.
—Vale, sí; lo maté. —No había ni un atisbo de arrepentimiento o duda en su
voz. Era como si matar a alguien lo dejara frío. Aquello era mala señal: debía
tener miedo de Daemon, que en ese momento suspiró.
—Somos enemigos, gatita. Si no lo hubiera matado, él nos habría matado a mí
y a mi familia, después de haberme quitado los poderes. Y no sólo eso; habría
traído aquí a más de los suy os. Y todos habríamos estado en peligro; incluso tú.
—¿Y qué hay del camión? Ahora brillo mucho más. —Hice caso omiso del
nudo que tenía en el estómago—. ¿Vendrán más?
—Esperemos que no haya ninguno cerca. El rastro se te acabará y endo y no
tendrás de que preocuparte.
Me acariciaba la mano con el dedo pulgar, como si fuera un lenguaje secreto
entre los dos. Aquel gesto me relajaba y me calmaba.
—¿Y si no es así?
—Entonces mataré a los que vengan —dijo sin vacilar—. Vas a tener que
estar cerca de mí un tiempo, hasta que desaparezca el rastro.
—Algo así me dijo Dee. —Me mordí el labio—. ¿Ya no quieres entonces que
me aleje de vosotros?
—Qué más da lo que y o quiera. —Le echó un vistazo a su mano—. Si por mí
fuera, estarías bien lejos de nosotros.
Respiré hondo y aparté la mano.
—No hace falta que seas tan sincero, ¿sabes?
—No lo entiendes —contestó Daemon—. Ahora mismo, puedes guiar a un
Arum hasta mi hermana. Y y o tengo que protegerla: es todo lo que tengo.
Además, debo proteger también a los demás; soy el más fuerte y es mi
obligación. Mientras tengas ese rastro, no quiero que estés cerca de Dee si y o no
estoy contigo.
Me senté y miré hacia la orilla.
—Creo que es hora de que volvamos a casa.
Me cogió del brazo y sentí un hormigueo extraño en la piel.
—Por el momento, no puedes andar sola por ahí. Tengo que estar contigo
hasta que el rastro desaparezca.
—No necesito que me hagas de niñera. —Estaba apretando tanto los dientes
que me dolía la mandíbula. Comprendía lo de no poder estar cerca de Dee. Me
molestaba, pero sabía que era lo mejor. Aunque eso no significaba que sus
palabras no me hicieran daño—. Me alejaré de Dee hasta que desaparezca el
rastro.
—No lo entiendes. —No me apretó el brazo con más fuerza, pero sentí que
tenía ganas de darme un buen meneo para que reaccionara, aunque sabía que
nunca haría algo así—. Si un Arum te atrapa, no te matará. El que te encontró en
la biblioteca estaba jugando contigo. Quería torturarte hasta que suplicaras por tu
vida y entonces obligarte a que lo llevaras hasta nosotros.
Tragué saliva.
—Daemon…
—No tienes opción. Ahora mismo, eres un gran riesgo para nosotros y un
peligro para mi hermana. No permitiré que le pase nada malo.
El amor que sentía por su hermana era francamente admirable, pero eso no
evitaba que sintiera una oleada de rabia en mi interior.
—Y cuando el rastro haya desaparecido, ¿qué? ¿Qué pasa entonces?
—Preferiría que no estuvieras en contacto con nosotros, pero dudo bastante
que eso vaya a suceder. Además, mi hermana te tiene mucho aprecio. —Me
soltó el brazo y se apartó antes de apoyarse en los codos—. Mientras no acabes
con otro rastro, no tengo ningún impedimento para que seáis amigas.
Apreté los puños.
—Pues muchas gracias por tu consentimiento.
Su media sonrisa no le llegó a los ojos. Estos casi siempre lo traicionaban.
—Ya he perdido a un hermano por culpa de sus sentimientos hacia un
humano. Y no pienso permitir que eso vuelva a sucederme.
Seguía rabiosa, pero aquellas palabras me hicieron reflexionar.
—Hablas de tu hermano y de Bethany, ¿verdad?
Se quedó callado un instante antes de hablar.
—Mi hermano se enamoró de una humana… y ahora los dos están muertos.

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