23
Capítulo 23
Los terrenos de los que me había hablado Simon quedaban a tres kilómetros de
Petersburgo, en dirección opuesta a mi casa. Eran, literalmente, unos inmensos
maizales ya cosechados. Unas enormes balas de heno cubrían el paisaje hasta
donde alcanzaba a ver por el reflejo anaranjado y rojo de la hoguera. La
combinación de heno y fuego no podía traer nada bueno.
Alguien golpeaba un barril a lo lejos.
Me corrijo: la combinación de heno, fuego y cerveza no podía traer nada
bueno.
Simon no me había puesto la mano encima desde que habíamos llegado al
maizal, con lo que me sentía bastante satisfecha con la decisión que había
tomado, a excepción del problema que acabo de mencionar. Me llevó por el
maizal hacia la hoguera.
—Las chicas están por ahí. —Señaló hacia otro lado de la hoguera, donde
varias chicas se sentaban juntas y compartían unos vasos de plástico rojo—. Ve a
saludarlas, diles algo.
Asentí. No tenía ninguna intención de hablar con ellas.
—Iré a pillar algo de bebida. —Se inclinó hacia mí y me dio un apretón en los
hombros antes de marcharse. En cuanto llegó al barril de cerveza, saludó a otro
chico igual de corpulento que él chocando las palmas y soltando un berrido.
Había bastante gente congregada alrededor del fuego y esparcida por el
cercano bosque. Alguien había aparcado una furgoneta allí en medio, con las
puertas abiertas, y había puesto la radio a todo trapo. Era casi imposible oír nada.
Me tapé bien con el chal y me puse a andar en busca de alguna cara conocida.
Me alegró ver a Dee con los trillizos Thompson. A su lado, Carissa y Lessa
compartían una manta. No había ni rastro de Daemon.
—¡Dee! —la llamé, apartándome de una chica que caminaba dando tumbos
con sus zapatos de tacón—. ¡Dee!
Se volvió y, segundos después, agitó una mano con todas sus fuerzas. Avancé
en dirección a ella y justo entonces apareció Simon con dos vasos en la mano.
—Dios mío —le dije, dando un paso atrás—. Me has asustado.
—Pues no sé por qué, te estaba llamando.
—Lo siento. —Acepté el vaso y arrugué la nariz al reconocer el agrio olor. Le
di un sorbo. El sabor no era mucho mejor que el olor—. Con todo este ruido no se
oye nada.
—Ya lo sé. Además, casi no hemos tenido tiempo de hablar. —Simon me
rodeó los hombros con su brazo, tambaleándose ligeramente—. Y eso no me
gusta. Llevo toda la noche intentando hablar contigo. ¿Te ha gustado el ramillete
que te he traído?
—Es muy bonito, muchas gracias. —Y lo era; combinaba rosas rojas y rosas
—. ¿Lo compraste en el centro?
Asintió y engulló el contenido de su vaso mientras nos alejábamos del
camión.
—Mi madre trabaja en la floristería; lo hizo ella.
—Qué guay. —Tiré de él suavemente y con cuidado para no derramar la
cerveza—. ¿Tu padre trabaja en la ciudad?
—No, viaja a Virginia cada día. —Tiró el vaso al suelo y sacó la petaca—. Es
abogado —presumió mientras le quitaba el tapón con una mano—. Se ocupa de
las demandas por lesiones. Mi hermano es médico; trabaja en el centro.
—Mi madre es enfermera, y también trabaja en Virginia. —Concentraba
toda mi energía en ponerme bien el chal, que se me caía todo el rato de los
hombros—. ¿Ya sabes a qué universidad vas a ir? —le pregunté, esforzándome
por buscar un tema del que hablar. Cuando no se convertía en un pulpo no era un
mal chaval.
—Iré a la Universidad de Virginia, con mis colegas. —Frunció el ceño al ver
que no había tocado mi bebida—. ¿No bebes?
—No; quiero decir, sí bebo. —Le di un sorbo al vaso para demostrárselo.
Sonrió y apartó la vista. Empezó a hablarme de los amigos que querían ser
policías en vez de ir a la universidad. Cuando no miraba, tiraba el contenido del
vaso al suelo.
Simon seguía haciéndome preguntas. Cada cinco minutos nos interrumpía
algún amigo suyo para hablar con él. Tiré casi toda la cerveza al suelo, con lo
que Simon me rellenó el vaso varias veces. Me dijo que me quedara donde
estaba mientras iba a buscar más cerveza al barril. Cuando iba ya por mi tercer
falso vaso, Simon debía de pensar que estaba pedo, pero por lo menos así
conseguía quitármelo de encima un rato.
Antes de que pudiera darme cuenta, nos habíamos alejado bastante de los
demás y de la hoguera. Casi estábamos en el bosque. Cada vez era más difícil
caminar, en parte por el suelo, que era irregular, y en parte por mis tacones.
Además, era difícil caminar teniendo el peso de Simon al lado.
El chico puso la espalda recta y, al apartar el brazo de mis hombros, se llevó
el chal consigo. Se cayó al suelo, por detrás de mí, y no pude distinguirlo entre la
oscuridad de la maleza.
—Mierda —dije dándome la vuelta y entrecerrando los ojos para buscarlo.
—¿Qué? —preguntó. Simon empezaba a arrastrar las palabras.
—El chal… Se me ha caído. —Caminé hacia atrás, en dirección a la hoguera.
—Bueno… Estás mejor sin él —me respondió—. Con ese vestido estás para
comerte.
Lo miré por encima del hombro con cara de enfado antes de darme la vuelta
y mirar hacia… la negrura más absoluta. No se veía nada.
—Ya, bueno, es de mi madre, y me matará si lo pierdo.
—Lo encontraremos; ahora no te preocupes por eso.
De repente, me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia él. Aquel
gesto me pilló por sorpresa y se me cayó el vaso de cerveza. Solté una risita
nerviosa y me zafé.
—Creo que será mejor que vay a a buscarlo.
—¿No puede esperar? —Simon dio un paso hacia mí, y entonces me si cuenta
de que estaba atrapada entre él y un árbol—. Estábamos hablando y, además,
hace rato que quiero hacer algo…
Miré hacia la hoguera. Estaba demasiado lejos.
—¿El qué?
Me puso la mano en el hombro y me sostuvo con fuerza. Aquella vez sentí no
sólo repulsión, sino algo más que me dejó un amargo sabor en el paladar, igual
que cuando el Arum me habló en el exterior de la biblioteca. Simon se acercó
más a mí y a la vez me empujó hacia él mientras bajaba la cabeza.
Me quede helada un segundo, y eso fue todo lo que tardó en hundir sus labios
en los míos. Me inundó un sabor a mentolados y cerveza. Emitió un sonido y
avanzó todavía más. Yo tenía ya la espalda contra el árbol. Intenté apartarlo
dándole un empujón, pero él seguía acercándose más y más. Apreté tanto los
labios mientras me besaba que no podía respirar. Le puse las manos en el pecho
y empujé con fuerza hasta que logré que apartara los labios.
—¡Simon! Te estás pasando —le dije mientras recuperaba el aliento.
Intentaba liberarme, pero no había manera de sacárselo de encima.
—Venga ya, no me estoy pasando… —Su mano se movía a tientas entre el
árbol y y o, hasta que al fin encontró mi espalda y me agarró para que no me
moviera.
Intenté apartarme, furiosa.
—¡No he venido aquí para esto!
Simon se rió.
—Todo el mundo viene aquí para esto. Mira, los dos hemos bebido y nos lo
hemos pasado bien. No pasa nada. No se lo diré a nadie si no quieres. Todos
saben que lo hiciste con Daemon en verano.
—¿Qué? —chillé—. Simon, déjame…
Sus babosos labios me interrumpieron. Me metió la viscosa lengua en la boca
y me entraron ganas de vomitar. El corazón se me aceleró y en ese momento
me arrepentí de no haber escuchado a Daemon y de no haber querido irme a
casa. Aquel tío era demasiado para mí.
Logré apartar la cabeza.
—¡Simon, para!
Y en ese momento paró. Me apoyé contra el árbol y dejé caer, confundida y
sin aliento. Se oy ó el ruido de alguien chocando contra el suelo y un grito de
dolor.
Alguien se inclinaba sobre Simon, que estaba tumbado en el suelo, y lo
agarraba del cuello de la camisa.
—¿Es que te has vuelto sordo o no entiendes su idioma?
Reconocí al instante el tono grave y airado. Era el mismo que Daemon había
utilizado el día que arreglé el jardín de casa. Aquella voz gutural transmitía
peligro. Respiraba agitadamente mientras miraba al chico, que estaba muerto de
miedo.
—Oy e, tío, lo siento… —Simon arrastraba las palabras. Le agarró la muñeca
a Daemon—. Yo pensaba que ella…
—¿Qué ella qué? —Daemon lo agarró y lo puso en pie—. ¿Pensabas que
« no» quería decir « sí» ?
—¡No! ¡Sí! Yo creía…
Daemon levantó la mano y Simon… se quedó quieto. Tenía los brazos
extendidos y las palmas de las manos abiertas delante de la cara. La sangre que
brotaba de su nariz se le había quedado congelada encima de la boca abierta.
Tenía los ojos como platos y no parpadeaba. En su rostro se reflejaban los
efectos del alcohol combinado con el miedo.
Daemon había congelado a Simon. Literalmente.
Di un paso adelante.
—Daemon, ¿qué…? ¿Qué has hecho?
No me miró. No apartaba los ojos de Simon.
—No tenía más opción que hacerle esto o matarlo.
No me cabía ninguna duda de que era capaz de matarlo. Le toqué el brazo a
Simon. Parecía de verdad, pero estaba tieso. Como un cadáver. Tragué saliva.
—¿Está vivo?
—¿Tendría que estarlo? —me contestó.
Nos miramos con comprensión y arrepentimiento.
Daemon tensó la mandíbula.
—Está bien. Es como si estuviera durmiendo.
Simon parecía una estatua. Una estatua de un borracho pervertido.
—Madre mía, qué follón. —Di un paso atrás y me rodeé con los brazos—.
¿Cuánto tiempo va a quedarse así?
—Todo el tiempo que yo quiera —me contestó—. Podría dejarle aquí y que
los ciervos se le mearan encima y los cuervos se le cagaran.
—Pero… sabes que no puedes hacer eso, ¿verdad?
Daemon se encogió de hombros.
—Tienes que devolverlo a la normalidad, pero antes me gustaría hacer algo.
Daemon arqueó una ceja, presa de la curiosidad.
Respiré hondo (todavía notaba el sabor a cerveza y mentolados) y le di un
buen patadón ne la entrepierna. Simon no reaccionó, pero ya lo notaría más
tarde.
—¡Qué dolor! —Daemon no pudo contener la risa—. Quizá si tendría que
habérmelo cargado. —Frunció el ceño al verme la cara. Se volvió hacia Simon y
agitó la mano.
El chico se cay ó hacia delante y se llevó las manos a la entrepierna.
—Mierda.
Daemon echó a Simon hacia atrás.
—No quiero verte nunca más, y te juro que si te atreves siquiera a mirarla,
será lo último que hagas en tu puta vida.
Simon se puso blanco como el papel. Se pasó una mano por la nariz para
secarse la sangre mientras nos miraba a Daemon y a mí de hito en hito.
—Katy, lo siento…
—¡Vete de aquí! —bramó Daemon, dando un paso hacia delante.
Simon se marchó a toda prisa, tropezando y cojeando entre los arbustos.
Entre nosotros se hizo un silencio absoluto. Hasta la música parecía haberse
acabado. Daemon se dio la vuelta e hizo un amago de marcharse. Me quedé
quieta, tiritando.
Daemon iba a dejarme allí, sola.
No lo culpaba. Me lo había advertido y yo no le había escuchado. Sentí que
estaba a punto de llorar de rabia y frustración.
Pero entonces regresó con mi chal. Me lo dio y dijo algo entre dientes. Cogí
el chal con manos temblorosas y vi que le brillaban los ojos. ¿Cuánto rato había
estado así? Sentí en mí su intensa mirada.
—Ya lo sé —susurré mientras me tapaba con el chal el vestido desagarrado
—. Por favor, no lo digas.
—¿Qué es lo que no quieres que no diga? ¿Qué y a te lo advertí? —Parecía
enfadado—. Ni siquiera yo soy tan capullo para decirte algo así. ¿Te encuentras
bien?
Asentí y respiré hondo.
—Gracias.
Daemon volvió a soltar otro exabrupto entre dientes y se acercó a mí. Me
puso algo alrededor de los hombros que olía a él y me daba calor.
—Toma —me dijo con tono áspero—. Póntela. Así no se te verá… nada.
Bajé la vista. El chal de encaje no bastaba para tapar el cuerpo del vestido,
hecho trizas. Me puse roja y metí los brazos en las mangas de su chaqueta. Se me
hizo un nudo en la garganta y sentí que tenía ganas de llorar. Estaba enfadada con
Simon y conmigo misma; y también avergonzada. Me aferré a la chaqueta.
Daemon nunca iba a perdonármelo. En ese momento no me decía nada, pero
seguro que se lo guardaba para después.
Daemon me rozó la mejilla con los dedos y me apartó un mechón de pelo,
colocándomelo detrás de la oreja.
—Venga —me susurró.
Levanté la cabeza. En sus ojos había una dulzura que no esperaba. El nudo de
la garganta desapareció. ¿Iba a ser amable conmigo?
—Te llevaré a casa.
Aquella vez no me lo dijo con arrogancia ni como fuera una orden. Eran
simples palabras, nada más. Le dije que sí. Después de lo que acababa de
suceder, supuse que volvía a tener un rastro y no quería más problemas. Y
entonces me di cuenta de algo.
—Un momento.
Daemon me miró de tal modo que pensé que iba a sacarme de allí a la
fuerza.
—Kat…
—¿No es Simon quien tiene un rastro ahora?
Si aquella idea se le había pasado por la mente, la verdad es que no parecía
importarle en absoluto.
—Sí.
—Pero…
En un abrir y cerrar de ojos, Daemon esta frente a mí.
—Ahora no es problema mío.
Y entonces me cogió del brazo. No me lo apretaba, pero sí lo sostenía con
firmeza. Nos quedamos en silencio mientras avanzábamos hacia su todoterreno,
aparcado cerca de la carretera principal. Algunos coches tenían los cristales
empañados. Otros, incluso se movían. Cada vez que miraba a Daemon veía que
tenía los ojos entrecerrados y que apretaba la mandíbula.
Me sentía muy culpable. ¿Y si los Arum seguían merodeando por la zona y
seguían el rastro de Simon? Era un tarado y un violador en potencia, pero… ¿Qué
serían capaces de hacerle? No podíamos dejarlo allí; era peligroso.
Daemon me soltó y abrió la puerta del copiloto. Me metí en el coche. Solté la
tira del bolso de mi muñeca y lo puse en el asiento, a mi lado. Observé a
Daemon mientras daba la vuelta al coche y le mandaba un mensaje a alguien.
Daemon entró al fin y me miró, enigmático.
—Le he dicho a Dee que ya te llevo a casa yo. Cuando llegué me dijo que te
había visto pero que no conseguía encontrarte.
Asentí y cogí el cinturón, pero no lograba moverlo del sitio. Tiré de él con
fuerza, por toda la frustración que sentía en aquel momento.
—¡Mierda!
Daemon se inclinó hacia mí y me apartó los dedos del cinturón. En un lugar
tan pequeño no había demasiado espacio para maniobrar y, antes de que y o
pudiera protestar, y a estaba poniéndome el cinturón. Me rozó la mejilla con la
mandíbula, y después con los labios. Nos rozamos por accidente varias veces
pero, aún así, me costaba respirar.
Daemon me pasó el cinturón por el estómago y me rozó con los nudillos la
parte frontal del vestido. Me moví bruscamente en el asiento.
Él me miró, sorprendido. Yo también lo estaba. Nuestros labios casi se
rozaban. Su aliento era cálido y dulce. Embriagador. Sus ojos se posaron en mis
labios y el corazón se me alteraba por momentos.
Ninguno de los dos se movió. Aquellos instantes parecían una eternidad.
Y entonces, con un clic, encajó el cinturón y volvió a su asiento con la
respiración agitada. Apretó con fuerza el volante unos minutos mientras y o
intentaba recordar lo importante que era respirar con normalidad y no inspirar
aire a borbotones.
Sin mediar palabra, arrancó el coche. Entre nosotros se hizo un extraño
silencio. El camino a casa fue una tortura. Quería darle las gracias por ayudarme
y preguntarle qué iba a hacer con Simon, pero tenía la sensación de que la
conversación no acabaría bien.
Acabé apoyando la cabeza en el asiento y haciéndome la dormida.
—¿Kat? —me dijo cuando estábamos en la mitad del trayecto.
Fingí que no le oía. Sabía que era infantil, pero no sabía que decirle. Daemon
era un misterio absoluto para mí. Cada acción suya entraba en contradicción con
la anterior. Sentía que me miraba, y me costaba no reaccionar. Me costaba tanto
como ignorar lo que sucedía entre nosotros.
—¡Mierda! —exclamó Daemon, dando un frenazo.
Abrí los ojos como platos. En medio de la carretera había un hombre. El
todoterreno se detuvo con brusquedad: el cinturón se me clavó dolorosamente en
el hombro y me echó hacia atrás. De repente se apagó el motor del coche;
también las luces. Todo.
Daemon habló en un lenguaje dulce y musical. Ya lo había escuchado antes:
el día en que el Arum me atacó en la biblioteca.
Reconocí de inmediato al hombre que estaba en la carretera. Llevaba los
mismos tejanos oscuros, gafas y chaqueta de cuero que el día que estuvo
espiándome desde el exterior de la tienda de ropa. Entonces apareció otro
hombre, prácticamente idéntico al anterior. No vi de dónde salía; parecía una
sombra que hubiera emergido de los árboles. Y en ese momento surgió de la
nada un tercero, que se colocó detrás del primero. No se movían.
—Daemon —susurré. Mi corazón latía desbocado—. ¿Quiénes son?
Una luz cegadora y blanca le iluminó los ojos.
—Arum
Los terrenos de los que me había hablado Simon quedaban a tres kilómetros de
Petersburgo, en dirección opuesta a mi casa. Eran, literalmente, unos inmensos
maizales ya cosechados. Unas enormes balas de heno cubrían el paisaje hasta
donde alcanzaba a ver por el reflejo anaranjado y rojo de la hoguera. La
combinación de heno y fuego no podía traer nada bueno.
Alguien golpeaba un barril a lo lejos.
Me corrijo: la combinación de heno, fuego y cerveza no podía traer nada
bueno.
Simon no me había puesto la mano encima desde que habíamos llegado al
maizal, con lo que me sentía bastante satisfecha con la decisión que había
tomado, a excepción del problema que acabo de mencionar. Me llevó por el
maizal hacia la hoguera.
—Las chicas están por ahí. —Señaló hacia otro lado de la hoguera, donde
varias chicas se sentaban juntas y compartían unos vasos de plástico rojo—. Ve a
saludarlas, diles algo.
Asentí. No tenía ninguna intención de hablar con ellas.
—Iré a pillar algo de bebida. —Se inclinó hacia mí y me dio un apretón en los
hombros antes de marcharse. En cuanto llegó al barril de cerveza, saludó a otro
chico igual de corpulento que él chocando las palmas y soltando un berrido.
Había bastante gente congregada alrededor del fuego y esparcida por el
cercano bosque. Alguien había aparcado una furgoneta allí en medio, con las
puertas abiertas, y había puesto la radio a todo trapo. Era casi imposible oír nada.
Me tapé bien con el chal y me puse a andar en busca de alguna cara conocida.
Me alegró ver a Dee con los trillizos Thompson. A su lado, Carissa y Lessa
compartían una manta. No había ni rastro de Daemon.
—¡Dee! —la llamé, apartándome de una chica que caminaba dando tumbos
con sus zapatos de tacón—. ¡Dee!
Se volvió y, segundos después, agitó una mano con todas sus fuerzas. Avancé
en dirección a ella y justo entonces apareció Simon con dos vasos en la mano.
—Dios mío —le dije, dando un paso atrás—. Me has asustado.
—Pues no sé por qué, te estaba llamando.
—Lo siento. —Acepté el vaso y arrugué la nariz al reconocer el agrio olor. Le
di un sorbo. El sabor no era mucho mejor que el olor—. Con todo este ruido no se
oye nada.
—Ya lo sé. Además, casi no hemos tenido tiempo de hablar. —Simon me
rodeó los hombros con su brazo, tambaleándose ligeramente—. Y eso no me
gusta. Llevo toda la noche intentando hablar contigo. ¿Te ha gustado el ramillete
que te he traído?
—Es muy bonito, muchas gracias. —Y lo era; combinaba rosas rojas y rosas
—. ¿Lo compraste en el centro?
Asintió y engulló el contenido de su vaso mientras nos alejábamos del
camión.
—Mi madre trabaja en la floristería; lo hizo ella.
—Qué guay. —Tiré de él suavemente y con cuidado para no derramar la
cerveza—. ¿Tu padre trabaja en la ciudad?
—No, viaja a Virginia cada día. —Tiró el vaso al suelo y sacó la petaca—. Es
abogado —presumió mientras le quitaba el tapón con una mano—. Se ocupa de
las demandas por lesiones. Mi hermano es médico; trabaja en el centro.
—Mi madre es enfermera, y también trabaja en Virginia. —Concentraba
toda mi energía en ponerme bien el chal, que se me caía todo el rato de los
hombros—. ¿Ya sabes a qué universidad vas a ir? —le pregunté, esforzándome
por buscar un tema del que hablar. Cuando no se convertía en un pulpo no era un
mal chaval.
—Iré a la Universidad de Virginia, con mis colegas. —Frunció el ceño al ver
que no había tocado mi bebida—. ¿No bebes?
—No; quiero decir, sí bebo. —Le di un sorbo al vaso para demostrárselo.
Sonrió y apartó la vista. Empezó a hablarme de los amigos que querían ser
policías en vez de ir a la universidad. Cuando no miraba, tiraba el contenido del
vaso al suelo.
Simon seguía haciéndome preguntas. Cada cinco minutos nos interrumpía
algún amigo suyo para hablar con él. Tiré casi toda la cerveza al suelo, con lo
que Simon me rellenó el vaso varias veces. Me dijo que me quedara donde
estaba mientras iba a buscar más cerveza al barril. Cuando iba ya por mi tercer
falso vaso, Simon debía de pensar que estaba pedo, pero por lo menos así
conseguía quitármelo de encima un rato.
Antes de que pudiera darme cuenta, nos habíamos alejado bastante de los
demás y de la hoguera. Casi estábamos en el bosque. Cada vez era más difícil
caminar, en parte por el suelo, que era irregular, y en parte por mis tacones.
Además, era difícil caminar teniendo el peso de Simon al lado.
El chico puso la espalda recta y, al apartar el brazo de mis hombros, se llevó
el chal consigo. Se cayó al suelo, por detrás de mí, y no pude distinguirlo entre la
oscuridad de la maleza.
—Mierda —dije dándome la vuelta y entrecerrando los ojos para buscarlo.
—¿Qué? —preguntó. Simon empezaba a arrastrar las palabras.
—El chal… Se me ha caído. —Caminé hacia atrás, en dirección a la hoguera.
—Bueno… Estás mejor sin él —me respondió—. Con ese vestido estás para
comerte.
Lo miré por encima del hombro con cara de enfado antes de darme la vuelta
y mirar hacia… la negrura más absoluta. No se veía nada.
—Ya, bueno, es de mi madre, y me matará si lo pierdo.
—Lo encontraremos; ahora no te preocupes por eso.
De repente, me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia él. Aquel
gesto me pilló por sorpresa y se me cayó el vaso de cerveza. Solté una risita
nerviosa y me zafé.
—Creo que será mejor que vay a a buscarlo.
—¿No puede esperar? —Simon dio un paso hacia mí, y entonces me si cuenta
de que estaba atrapada entre él y un árbol—. Estábamos hablando y, además,
hace rato que quiero hacer algo…
Miré hacia la hoguera. Estaba demasiado lejos.
—¿El qué?
Me puso la mano en el hombro y me sostuvo con fuerza. Aquella vez sentí no
sólo repulsión, sino algo más que me dejó un amargo sabor en el paladar, igual
que cuando el Arum me habló en el exterior de la biblioteca. Simon se acercó
más a mí y a la vez me empujó hacia él mientras bajaba la cabeza.
Me quede helada un segundo, y eso fue todo lo que tardó en hundir sus labios
en los míos. Me inundó un sabor a mentolados y cerveza. Emitió un sonido y
avanzó todavía más. Yo tenía ya la espalda contra el árbol. Intenté apartarlo
dándole un empujón, pero él seguía acercándose más y más. Apreté tanto los
labios mientras me besaba que no podía respirar. Le puse las manos en el pecho
y empujé con fuerza hasta que logré que apartara los labios.
—¡Simon! Te estás pasando —le dije mientras recuperaba el aliento.
Intentaba liberarme, pero no había manera de sacárselo de encima.
—Venga ya, no me estoy pasando… —Su mano se movía a tientas entre el
árbol y y o, hasta que al fin encontró mi espalda y me agarró para que no me
moviera.
Intenté apartarme, furiosa.
—¡No he venido aquí para esto!
Simon se rió.
—Todo el mundo viene aquí para esto. Mira, los dos hemos bebido y nos lo
hemos pasado bien. No pasa nada. No se lo diré a nadie si no quieres. Todos
saben que lo hiciste con Daemon en verano.
—¿Qué? —chillé—. Simon, déjame…
Sus babosos labios me interrumpieron. Me metió la viscosa lengua en la boca
y me entraron ganas de vomitar. El corazón se me aceleró y en ese momento
me arrepentí de no haber escuchado a Daemon y de no haber querido irme a
casa. Aquel tío era demasiado para mí.
Logré apartar la cabeza.
—¡Simon, para!
Y en ese momento paró. Me apoyé contra el árbol y dejé caer, confundida y
sin aliento. Se oy ó el ruido de alguien chocando contra el suelo y un grito de
dolor.
Alguien se inclinaba sobre Simon, que estaba tumbado en el suelo, y lo
agarraba del cuello de la camisa.
—¿Es que te has vuelto sordo o no entiendes su idioma?
Reconocí al instante el tono grave y airado. Era el mismo que Daemon había
utilizado el día que arreglé el jardín de casa. Aquella voz gutural transmitía
peligro. Respiraba agitadamente mientras miraba al chico, que estaba muerto de
miedo.
—Oy e, tío, lo siento… —Simon arrastraba las palabras. Le agarró la muñeca
a Daemon—. Yo pensaba que ella…
—¿Qué ella qué? —Daemon lo agarró y lo puso en pie—. ¿Pensabas que
« no» quería decir « sí» ?
—¡No! ¡Sí! Yo creía…
Daemon levantó la mano y Simon… se quedó quieto. Tenía los brazos
extendidos y las palmas de las manos abiertas delante de la cara. La sangre que
brotaba de su nariz se le había quedado congelada encima de la boca abierta.
Tenía los ojos como platos y no parpadeaba. En su rostro se reflejaban los
efectos del alcohol combinado con el miedo.
Daemon había congelado a Simon. Literalmente.
Di un paso adelante.
—Daemon, ¿qué…? ¿Qué has hecho?
No me miró. No apartaba los ojos de Simon.
—No tenía más opción que hacerle esto o matarlo.
No me cabía ninguna duda de que era capaz de matarlo. Le toqué el brazo a
Simon. Parecía de verdad, pero estaba tieso. Como un cadáver. Tragué saliva.
—¿Está vivo?
—¿Tendría que estarlo? —me contestó.
Nos miramos con comprensión y arrepentimiento.
Daemon tensó la mandíbula.
—Está bien. Es como si estuviera durmiendo.
Simon parecía una estatua. Una estatua de un borracho pervertido.
—Madre mía, qué follón. —Di un paso atrás y me rodeé con los brazos—.
¿Cuánto tiempo va a quedarse así?
—Todo el tiempo que yo quiera —me contestó—. Podría dejarle aquí y que
los ciervos se le mearan encima y los cuervos se le cagaran.
—Pero… sabes que no puedes hacer eso, ¿verdad?
Daemon se encogió de hombros.
—Tienes que devolverlo a la normalidad, pero antes me gustaría hacer algo.
Daemon arqueó una ceja, presa de la curiosidad.
Respiré hondo (todavía notaba el sabor a cerveza y mentolados) y le di un
buen patadón ne la entrepierna. Simon no reaccionó, pero ya lo notaría más
tarde.
—¡Qué dolor! —Daemon no pudo contener la risa—. Quizá si tendría que
habérmelo cargado. —Frunció el ceño al verme la cara. Se volvió hacia Simon y
agitó la mano.
El chico se cay ó hacia delante y se llevó las manos a la entrepierna.
—Mierda.
Daemon echó a Simon hacia atrás.
—No quiero verte nunca más, y te juro que si te atreves siquiera a mirarla,
será lo último que hagas en tu puta vida.
Simon se puso blanco como el papel. Se pasó una mano por la nariz para
secarse la sangre mientras nos miraba a Daemon y a mí de hito en hito.
—Katy, lo siento…
—¡Vete de aquí! —bramó Daemon, dando un paso hacia delante.
Simon se marchó a toda prisa, tropezando y cojeando entre los arbustos.
Entre nosotros se hizo un silencio absoluto. Hasta la música parecía haberse
acabado. Daemon se dio la vuelta e hizo un amago de marcharse. Me quedé
quieta, tiritando.
Daemon iba a dejarme allí, sola.
No lo culpaba. Me lo había advertido y yo no le había escuchado. Sentí que
estaba a punto de llorar de rabia y frustración.
Pero entonces regresó con mi chal. Me lo dio y dijo algo entre dientes. Cogí
el chal con manos temblorosas y vi que le brillaban los ojos. ¿Cuánto rato había
estado así? Sentí en mí su intensa mirada.
—Ya lo sé —susurré mientras me tapaba con el chal el vestido desagarrado
—. Por favor, no lo digas.
—¿Qué es lo que no quieres que no diga? ¿Qué y a te lo advertí? —Parecía
enfadado—. Ni siquiera yo soy tan capullo para decirte algo así. ¿Te encuentras
bien?
Asentí y respiré hondo.
—Gracias.
Daemon volvió a soltar otro exabrupto entre dientes y se acercó a mí. Me
puso algo alrededor de los hombros que olía a él y me daba calor.
—Toma —me dijo con tono áspero—. Póntela. Así no se te verá… nada.
Bajé la vista. El chal de encaje no bastaba para tapar el cuerpo del vestido,
hecho trizas. Me puse roja y metí los brazos en las mangas de su chaqueta. Se me
hizo un nudo en la garganta y sentí que tenía ganas de llorar. Estaba enfadada con
Simon y conmigo misma; y también avergonzada. Me aferré a la chaqueta.
Daemon nunca iba a perdonármelo. En ese momento no me decía nada, pero
seguro que se lo guardaba para después.
Daemon me rozó la mejilla con los dedos y me apartó un mechón de pelo,
colocándomelo detrás de la oreja.
—Venga —me susurró.
Levanté la cabeza. En sus ojos había una dulzura que no esperaba. El nudo de
la garganta desapareció. ¿Iba a ser amable conmigo?
—Te llevaré a casa.
Aquella vez no me lo dijo con arrogancia ni como fuera una orden. Eran
simples palabras, nada más. Le dije que sí. Después de lo que acababa de
suceder, supuse que volvía a tener un rastro y no quería más problemas. Y
entonces me di cuenta de algo.
—Un momento.
Daemon me miró de tal modo que pensé que iba a sacarme de allí a la
fuerza.
—Kat…
—¿No es Simon quien tiene un rastro ahora?
Si aquella idea se le había pasado por la mente, la verdad es que no parecía
importarle en absoluto.
—Sí.
—Pero…
En un abrir y cerrar de ojos, Daemon esta frente a mí.
—Ahora no es problema mío.
Y entonces me cogió del brazo. No me lo apretaba, pero sí lo sostenía con
firmeza. Nos quedamos en silencio mientras avanzábamos hacia su todoterreno,
aparcado cerca de la carretera principal. Algunos coches tenían los cristales
empañados. Otros, incluso se movían. Cada vez que miraba a Daemon veía que
tenía los ojos entrecerrados y que apretaba la mandíbula.
Me sentía muy culpable. ¿Y si los Arum seguían merodeando por la zona y
seguían el rastro de Simon? Era un tarado y un violador en potencia, pero… ¿Qué
serían capaces de hacerle? No podíamos dejarlo allí; era peligroso.
Daemon me soltó y abrió la puerta del copiloto. Me metí en el coche. Solté la
tira del bolso de mi muñeca y lo puse en el asiento, a mi lado. Observé a
Daemon mientras daba la vuelta al coche y le mandaba un mensaje a alguien.
Daemon entró al fin y me miró, enigmático.
—Le he dicho a Dee que ya te llevo a casa yo. Cuando llegué me dijo que te
había visto pero que no conseguía encontrarte.
Asentí y cogí el cinturón, pero no lograba moverlo del sitio. Tiré de él con
fuerza, por toda la frustración que sentía en aquel momento.
—¡Mierda!
Daemon se inclinó hacia mí y me apartó los dedos del cinturón. En un lugar
tan pequeño no había demasiado espacio para maniobrar y, antes de que y o
pudiera protestar, y a estaba poniéndome el cinturón. Me rozó la mejilla con la
mandíbula, y después con los labios. Nos rozamos por accidente varias veces
pero, aún así, me costaba respirar.
Daemon me pasó el cinturón por el estómago y me rozó con los nudillos la
parte frontal del vestido. Me moví bruscamente en el asiento.
Él me miró, sorprendido. Yo también lo estaba. Nuestros labios casi se
rozaban. Su aliento era cálido y dulce. Embriagador. Sus ojos se posaron en mis
labios y el corazón se me alteraba por momentos.
Ninguno de los dos se movió. Aquellos instantes parecían una eternidad.
Y entonces, con un clic, encajó el cinturón y volvió a su asiento con la
respiración agitada. Apretó con fuerza el volante unos minutos mientras y o
intentaba recordar lo importante que era respirar con normalidad y no inspirar
aire a borbotones.
Sin mediar palabra, arrancó el coche. Entre nosotros se hizo un extraño
silencio. El camino a casa fue una tortura. Quería darle las gracias por ayudarme
y preguntarle qué iba a hacer con Simon, pero tenía la sensación de que la
conversación no acabaría bien.
Acabé apoyando la cabeza en el asiento y haciéndome la dormida.
—¿Kat? —me dijo cuando estábamos en la mitad del trayecto.
Fingí que no le oía. Sabía que era infantil, pero no sabía que decirle. Daemon
era un misterio absoluto para mí. Cada acción suya entraba en contradicción con
la anterior. Sentía que me miraba, y me costaba no reaccionar. Me costaba tanto
como ignorar lo que sucedía entre nosotros.
—¡Mierda! —exclamó Daemon, dando un frenazo.
Abrí los ojos como platos. En medio de la carretera había un hombre. El
todoterreno se detuvo con brusquedad: el cinturón se me clavó dolorosamente en
el hombro y me echó hacia atrás. De repente se apagó el motor del coche;
también las luces. Todo.
Daemon habló en un lenguaje dulce y musical. Ya lo había escuchado antes:
el día en que el Arum me atacó en la biblioteca.
Reconocí de inmediato al hombre que estaba en la carretera. Llevaba los
mismos tejanos oscuros, gafas y chaqueta de cuero que el día que estuvo
espiándome desde el exterior de la tienda de ropa. Entonces apareció otro
hombre, prácticamente idéntico al anterior. No vi de dónde salía; parecía una
sombra que hubiera emergido de los árboles. Y en ese momento surgió de la
nada un tercero, que se colocó detrás del primero. No se movían.
—Daemon —susurré. Mi corazón latía desbocado—. ¿Quiénes son?
Una luz cegadora y blanca le iluminó los ojos.
—Arum
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