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Capítulo 9
Después de cenar con mamá, me marché. No tardé mucho en llegar al centro y
encontrar la biblioteca. Las calles estaban desiertas; las pocas veces que me
había aventurado allí, de día, siempre había bastante movimiento de gente.
Además, el cielo estaba muy encapotado, y las nubes le daban un aspecto
fantasmagórico y escalofriante.
A pesar de lo rara que era mi vida en aquel momento y de la rabia infantil
que sentía porque Dee no me había invitado a quedar con sus amigos, sonreí al
entrar en la biblioteca. Mi mente se quedó en blanco cuando vi los estantes de
libros que cubrían las paredes. Me olvidé de los gemelos y de todo. En aquel
lugar me sentía en paz, como cuando estaba con mis plantas.
Me detuve en una de las mesas vacías y respiré aliviada. Pasara lo que
pasara, siempre me quedaban los libros. Eran mi válvula de escape, a la que
recurría sin dudarlo.
El tiempo transcurrió más rápido de lo que pensaba, y pronto la biblioteca
adquirió un aura espectral. Era normal que, a medida que pasaran las horas, la
oscuridad hiciera acto de presencia en las bibliotecas, pero había algo raro en la
oscuridad del cielo aquella noche que me daba escalofríos. No sabía qué hora era
cuando el bibliotecario empezó a apagar las luces, y me costó un poco
orientarme hasta encontrar el mostrador de la entrada. Me moría de ganas de
salir de aquel lugar destartalado por el que se colaban las corrientes de aire.
Un relámpago iluminó las estanterías, seguido de un trueno que retumbó en el
exterior. Esperaba poder llegar al coche antes de que empezara a diluviar. Apreté
con fuerza los libros que quería leer contra el pecho y fui a paso ligero hacia el
mostrador. El bibliotecario tramitó el préstamo en un tiempo récord; casi no pude
darle las gracias porque se volvió y se marchó a toda prisa para cerrar.
—Bueno, vamos allá —dije entre dientes.
Todo estaba tan oscuro a causa de la tormenta que parecía mucho más tarde
de lo que era. Fuera, el paisaje era inhóspito. Pensé en quedarme en la biblioteca
hasta que dejara de llover, pero justo en ese momento se apagó la última luz del
edificio.
Apreté los dientes y metí los libros en la mochila antes de marchar. En cuanto
salí a la acera sentí que me caía encima el diluvio universal. En apenas unos
segundos, estaba completamente empapada. Intenté evitar como pude que se
mojara la mochila mientras buscaba las llaves y daba saltitos nerviosa. ¡Hacía un
frío que pelaba!
—Perdona, señorita —una voz áspera interrumpió mis esfuerzos—, ¿podría
usted ayudarme?
Había estado tan concentrada intentando que no se me mojaran los libros que
no había oído aproximarse a nadie. Lancé la mochila dentro del coche y agarré
con fuerza el bolso mientras me volvía hacia el lugar del que provenía aquel
sonido. Un hombre emergió de las sombras y se quedó quieto bajo la farola. La
lluvia le empapaba los mechones de pelo, de un color claro, pegándoselos a la
cabeza a forma de largas tiras. Las gafas de montura metálica le resbalaban por
la nariz aguileña. Cruzaba los brazos, aterido de frío y temblando ligeramente.
—He tenido un problema con el coche —dijo a voz en grito para que se le
oyera a través de la lluvia mientras señalaba a un punto que quedaba a sus
espaldas—. Se me ha pinchado una rueda, ¿tienes una llave de cruz?
La tenía, pero cada milímetro de mi cuerpo me aconsejaba que dijera que
no, aunque aquel hombre parecía bastante inofensivo.
—No lo sé. —Mi tono de voz sonó inesperadamente frágil. Me eché el pelo
hacia atrás y carraspeé—. No sé si tendré una o no —le grité.
—Que oportuno soy, ¿verdad? ¡Mira que pedirte este favor en plena
tormenta!
—Sí, es verdad. —No podía ocultar mi nerviosismo.
Una parte de mí quería disculparse y marcharse, pero la otra era incapaz de
decirle a la gente que no. Me mordí el labio inferior y me volví a la puerta. No
podía dejarlo allí con aquella lluvia. El pobre hombre iba a acabar calado hasta
los huesos. La pena que sentía por él le ganó la partida al temor que siempre se
siente hacia lo desconocido.
No podía marcharme; en mis manos estaba ayudarle. Por lo menos, la lluvia
empezaba a remitir un poco.
Ya tomada la decisión, forcé una sonrisa.
—Bueno, puede que sí. Voy a mirar en el maletero.
El hombre sonrió.
—Me salvas la vida. —Se quedó donde estaba, sin moverse un centímetro.
Probablemente había percibido mi desconfianza inicial—. Parece que la lluvia
empieza a aflojar, pero esos nubarrones de ahí creo que traerán una nueva
tormenta…
Cerré la puerta del copiloto y me dirigí al maletero. Lo abrí y pasé la mano
por la superficie enmoquetada en busca de la llave de cruz.
—A decir verdad, creo que tengo una.
Le di la espalda al extraño solo unos segundos, y entonces sentí que una
corriente de aire helado me erizaba el vello del pescuezo. La adrenalina me
recorrió las venas a toda velocidad, haciendo que el corazón quisiera salirse del
pecho. Una sensación de terror comenzó a nacerme en el estómago.
—Los humanos sois tan tontos. Es tan sencillo engañaros… —La voz era tan
cortante como el viento que soplaba contra mi cuello.
Antes de que mi cerebro pudiera registrar aquellas palabras, una mano
helada y húmeda se cerro sobre la mía. El dolor era horrible. Percibía su
respiración, pegajosa, contra mi cuello y sentí que el final estaba cerca. No tuve
la oportunidad de contestarle.
Me tenía cogida de la mano, y aprovechó para girarme y que quedara de
cara a él. Sentí un intenso dolor en el brazo que me hizo gritar. Estaba frente a él,
y no quedaba ni rastro del inocente individuo que me había pedido ayuda
instantes atrás. Parecía más alto. O más corpulento.
—Si… si quieres dinero, cógelo; quédate todo lo que tengo. —Quería tirarle el
bolso y marcharme de allí.
El extraño sonrió y me dio un empujón con tal fuerza que fui a parar contra
el asfalto y me quede sin aire. Sentí un agudo dolor en la muñeca. Con la mano
sana agarré mi bolso y se lo tiré.
—Cógelo —le supliqué—, por favor. No le diré nada a nadie, te lo prometo.
Mi atacante se puso en cuclillas delante de mí y sonrió al coger el bolso. Los
ojos parecían cambiarle de color detrás de las gafas.
—¿Quieres que me quede con tu dinero? ¡No lo necesito! —Apartó el bolso.
Observé a aquel extraño mientras respiraba a trompicones. No entendía nada
de lo que sucedía: si no quería mi dinero, ¿qué era entonces lo que quería? Al
pensar en aquello, me invadió un profundo terror. « No, no, no» …
Sentía que me ahogaba en un mar de pensamientos e imágenes siniestros,
pero todavía podía moverme. Me aparté hasta darme con el bordillo. El miedo se
había apoderado de mi cuerpo y necesitaba gritar. Abrí la boca.
—Ni se te ocurra gritar —me advirtió.
Los músculos de las piernas se me tensaron. Me retorcí y levanté las rodillas
para salir corriendo. Podía conseguirlo, seguro que no se lo esperaba… ¡Ahora!
Con una rapidez sobrehumana, me agarró de las piernas y tiró de ellas. Fui a
caer de bruces contra el pavimento con el lado izquierdo del cuerpo. Tenía la piel
en carne viva por el contacto contra el cemento. Casi me desmay o del dolor. El
ojo se me hinchó en apenas unos segundos y un reguero de sangre comenzó a
recorrerme el brazo. Sentí arcadas. Luché por zafarme de él y le di unas cuantas
patadas. Gruñó, pero no me soltó.
—¡Por favor, suéltame! —Intente liberar las piernas. Tenía cada vez más
rasguños en la piel; sentí un tremendo dolor y algo más que no supe definir.
La rabia se apoderó de mí y le ganó la batalla al miedo unos instantes: pataleé
y me resistí; lo ataqué y lo empujé, pero nada daba resultado. No se movía ni un
milímetro.
—¡Suéltame! —Esta vez si que grité, y mi voz sonó cruda y desgarrada.
Se movió con gran velocidad; la cara se le difuminó, igual que le había
sucedido al brazo de Dee días antes. Lo tenía encima de mí. Me tapó la boca con
la mano. Su peso era insoportable, a pesar de lo frágil y desvalido que parecía
momentos antes. No podía respirar, y mucho menos moverme. Me estaba
aplastando, pero lo que casi me destrozó fue pensar en lo que ocurriría después.
Alguien tenía que haberme oído. Era mi única esperanza.
Bajó la cabeza y me olisqueó el pelo. Una oleada de repulsión invadió todo
mi ser.
—No me equivocaba —susurró—. Llevas su rastro. —Apartó la mano de mi
boca y me agarró por los hombros—. ¿Dónde están?
—Yo no… no sé de qué habla —respondí entre ahogos.
—Pues claro que lo sabes. —Se le dibujó en la cara una mueca de asco—.
No eres más que un mamífero estúpido que no sirve para nada.
Apreté los párpados con fuerza para no tener que mirarlo. Solo quería irme a
casa, por favor…
—¡Mírame! —Como no abrí los ojos, volvió a zarandearme. Me golpeé la
cabeza contra el suelo. La punzada de dolor me sorprendió e hizo que abriera el
ojo sano contra mi voluntad. Me clavó sus dedos helados en la barbilla. Evitaba
mirarlo a los ojos, pero al final tuve que hacerlo. En ellos no había nada. Era algo
que jamás había visto antes.
En esos ojos vi algo mucho peor que el robo, el ataque y la degradación. Vi la
muerte; mi muerte y ningún remordimiento.
—Dime dónde están —escupió—. Puede que necesites una motivación para
hablar.
En apenas unos segundos, me rodeó el cuello con las manos y apretó con
fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, me quedé sin respiración. El pánico me
aguijoneaba el pecho mientras intentaba quitarme aquellas manos del cuello y
pataleaba en vano. Sentía sus garras clavadas en mi frágil tráquea.
—¿Me lo vas a decir o no? —me retó.
No sabía de lo que hablaba. El dolor punzante de la muñeca comenzaba a
remitir. Los rasguños de los brazos y la cara no parecían tan hirientes como antes,
porque un dolor nuevo comenzaba a remplazar al anterior. Me faltaba el aire, no
podía respirar. El corazón se me desbocaba en el pecho, suplicándome que
respirara. Sentía una presión tan descomunal en la cabeza que creía que me iba a
estallar. Las piernas se me dormían y comenzaba a ver lucecitas.
Iba a morir.
Nunca más volveré a ver a mi madre. Dios mío… mi muerte la destrozará.
No podía morir así, sin motivo… Supliqué y recé para que alguien me encontrara
antes de que fuera demasiado tarde, pero todo se desvanecía ante mis ojos. Me
sumí en una negrura abismal de la que no podía salir. La presión se desvanecía y
el dolor comenzaba a remitir. Me marchaba. Iba a sumirme en las sombras.
De repente, sus manos desaparecieron y se oyó el crujir de un cuerpo al
chocar contra el asfalto, a lo lejos. Sentí que estaba en el fondo de un pozo y que
la fuente del sonido estaba demasiado arriba.
Pero volví a respirar. Engullí cada bocanada de aire con ansia para que aquel
precioso oxígeno se extendiera por mi maltrecha garganta y alimentara a mis
hambrientos órganos. Empecé a toser.
Alguien gritó algo en un lenguaje dulce y musical que jamás había
escuchado. Se oyó una palabrota y un puñetazo. A mi lado aterrizó un cuerpo y
y o rodé ligeramente a un lado. Me estremecí de dolor, pero me alegró sentirlo.
Eso significaba que estaba viva.
Dos hombres peleaban entre las sombras. Uno cogió al otro y lo levantó
varios metros en el aire. No podía ser; aquella fuerza no era humana. Era
imposible.
Intenté incorporarme, pero la tos me obligó a apoyar la mano en el suelo. El
peso del cuerpo sobre las muñecas me hizo ver las estrellas. Chillé.
—¡Maldita sea! —explotó una voz grave.
Se produjo un destello de un intenso color amarillo rojizo y todas las farolas
de la calle reventaron, sumiendo en la más profunda oscuridad a toda la manzana
de casas. Tuve que doblar el cuerpo por las arcadas. La gravilla crujió y vi las
suelas de unas botas. Estiré el brazo para apartar de mí a quienquiera que fuera
aquella persona.
—Se ha marchado, ya ha pasado todo. ¿Cómo estás? —Alguien me puso una
mano delicadamente en el hombro para tranquilizarme. En algún remoto lugar
de mi cerebro aquella voz me resultaba familiar—. No te muevas. —Intenté
levantar la cabeza, pero me mareé y casi me quedé sin respiración. A ratos veía,
y a otros todo parecía borroso. No podía abrir el ojo izquierdo por la hinchazón,
que me palpitaba al compás del pulso—. Todo irá bien.
Sentí un calor en el hombro que muy pronto se me propagó por el brazo,
hasta llegar a la cintura. Aquella corriente me aliviaba el dolor que sentía en los
músculos y ahondaba en mí. Recordé los días de sol en la playa.
—Muchas gracias por… —Mi voz se fue apagando al distinguir el rostro de
mi salvador. Ante mis ojos aparecieron unos pómulos altos y marcados, una nariz
recta y unos labios carnosos. Un rostro tan impresionante como frío. Era
imposible que aquel calor que me inundaba el cuerpo proviniera de él. Unos ojos
verdes y vivos me devolvieron la mirada.
—Kat —me dijo Daemon. Las arrugas de su frente reflejaban su
preocupación—. ¿Sigues aquí?
—Eres… tú —susurré mientras la cabeza se me iba hacia un lado. Me di
cuenta de que y a no llovía.
Arqueó una ceja.
—Sí, soy y o.
Me tenía cogida por la muñeca. Ya no me dolía. Aquel contacto hacía algo en
mí. Aparté el brazo, confundida.
—Puedo ay udarte —insistió, estirando la mano para agarrarme otra vez.
—¡No! —grité. Una punzada de dolor me atravesó el cuerpo.
Se quedó allí un instante más antes de incorporarse. Seguía mirándome la
muñeca.
—Bueno, pues tú misma. Llamaré a la policía.
Intenté no escucharlo mientras hablaba con la policía por teléfono. Al cabo de
un rato pude respirar con normalidad.
—Gracias…
Mi voz sonaba ronca y el mero hecho de hablar me dolía.
—No me des las gracias. —Se pasó las manos por el pelo—. Maldita sea, es
todo culpa mía.
¿Cómo podía ser aquello culpa suya? Supuse que la cabeza todavía no me
funcionaba del todo bien, porque lo que decía no tenía sentido. Me eché hacia
atrás y alcé la vista. Inmediatamente deseé no haberlo hecho. Tenía un aspecto
temible y protector a la vez.
—¿Te gusta lo que ves, gatita?
Bajé la vista y me quedé mirando sus manos. Tenía los puños apretados y ni
un solo rasguño en ellos.
—Luz… Vi una luz.
—Bueno, dicen que hay una luz al final del túnel, ¿no?
No quise pensar en que casi muero aquella noche.
Daemon se puso en cuclillas.
—Maldita sea, lo siento. Lo he dicho sin pensar. ¿Estás muy mal?
—Me duele… la garganta. —Me llevé la mano con delicadeza al cuello y me
estremecí—. Y la muñeca. No sé si está… rota. —Levanté el brazo con cuidado.
Estaba hinchado y amoratado—. Vi una… luz.
Se quedó mirando mi brazo.
—Puede que esté roto o que tengas un esguince. ¿Algo más?
—¿Cómo que algo más? Él quería… matarme.
Me miró entrecerrando los ojos.
—Lo sé, solo quería saber si tienes heridas importantes, en la cabeza, por
ejemplo.
—No… me parece que no.
Respiró aliviado.
—Bueno, menos mal… —Se puso de pie y miró a su alrededor—. ¿Qué
hacías aquí de noche?
—Quería ir… a la biblioteca. —Tuve que dejar de hablar por el dolor que
sentía en la garganta—. No era tan tarde. No es una zona peligrosa. Me dijo que
necesitaba ayuda… por el neumático.
Me miró, incrédulo.
—¿Se te acerca un extraño de repente en un aparcamiento oscuro y vas y lo
ay udas? Es una de las imprudencias más graves que he escuchado en mucho,
mucho tiempo. —Se cruzó de brazos y me miró—. ¿Es que no piensas en lo que
haces? Seguro que aceptas caramelos de desconocidos o te metes en furgonetas
que regalan gatitos…
Respiré con dificultad.
Empezó a caminar, nervioso.
—De nada habrían servido tus explicaciones si no hubiera aparecido y o por
aquí, ¿verdad?
Hice caso omiso de aquella afirmación.
—¿Qué… qué hacías aquí? —La garganta empezaba a dolerme un poco
menos. Todavía tenía unas punzadas terribles, pero por lo menos no tenía la
sensación de tenerla en carne viva.
Daemon se quedó quieto y se puso una mano en el pecho, por encima del
corazón.
—Estaba por aquí y punto.
—Y yo que pensaba que erais atentos y encantadores.
Frunció el ceño.
—¿De quienes hablas?
—De los caballeros de brillante armadura, esos que salvan a las damiselas en
apuros. —Me callé. Creo que me había dado un golpe en la cabeza.
—Yo no soy tu caballero andante.
—Lo sé —susurré. Conseguí levantar las piernas y apoyar la cabeza en las
rodillas. Me dolía todo el cuerpo, pero me encontraba mucho mejor que cuando
aquel loco había intentado estrangularme. Pensar en ello me dio escalofríos—.
¿Dónde está ese tipo?
—Se ha marchado. Hace y a rato —me tranquilizó Daemon—. Oy e, Kat…
Levanté la cabeza. Su silueta se cernía sobre mí. Me atravesó con la mirada y
yo no supe qué decir. No me gustaba la sombra que proy ectaba la luz de la luna
sobre su cuerpo e intenté ponerme en pie.
—No es buena idea que te levantes. —Se arrodilló—. La ambulancia y la
policía llegarán en cualquier momento. No quiero que te desmay es.
—No voy a… desmayarme —negué al oír al fin las sirenas.
—No quiero tener que cogerte si pierdes el conocimiento. —Se miró los
nudillos un momento—. Ese hombre… ¿te dijo algo?
Quería tragar saliva, pero sentía un inmenso dolor.
—Me dijo que… y o tenía un rastro. Me preguntaba sin parar dónde estaban…
No sé por qué.
Apartó la vista inmediatamente y respiró hondo.
—Vay a loco.
—Sí. Pero… ¿qué quería?
Daemon me miró y sonrió.
—¿Atacar a una chica que es tan inocente como para ay udar a un loco
maníaco a cambiar su neumático?
Apreté los labios con fuerza.
—Eres un gilipollas. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez?
Se rió, divertido.
—Pues sí, gatita. Me lo dicen todos los días.
Me quedé mirándolo, incrédula.
—No sé que decirte…
—Bueno, como ya me has dado las gracias, creo que lo mejor es que no
digas nada más. —Se puso de pie con un movimiento armonioso—. No te
muevas, por favor. Es lo único que te pido. Quédate quieta y no te metas en más
líos.
Fruncí el ceño. Ese gesto también me dolió.
Mi pseudocaballero andante estaba allí, con las piernas separadas y los brazos
a los lados del cuerpo, como si se estuviera preparando para protegerme otra vez.
¿Qué pasaría si aquel loco regresaba? Quizá eso era lo que le preocupaba a
Daemon.
Los hombros comenzaron a temblarme, y muy pronto los dientes también
me castañearon. Daemon se quitó la camiseta y me la pasó por la cabeza con
mucho cuidado para que el algodón no me rozara mi maltrecha cara. Su olor me
envolvió y, por primera vez tras el ataque, me sentí segura. Con Daemon, lo que
son las cosas.
Como si mi cuerpo se diera cuenta de que ya no tenía que luchar, empezó a
dejarse llevar. Acabaría con otro ojo morado si me daba otro golpe contra el
asfalto… Estaba segura de que iba a perder el conocimiento por segunda vez en
muy pocos días. Me pregunté justo antes de desmayarme por qué siempre me
pasaba eso delante de Daemon.

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